En el patio del colegio, comparas tu uniforme con el de tus amigas. Todas lleváis una falda gris, unas medias rojas y un polito blanco, pero ellas tienen algo que tú no: tirantes. Al llegar a casa, se los pides a tu madre, pero te dice que ese modelo sólo está disponible para tallas pequeñas.
En las comidas familiares, tus padres suelen llamarte la atención delante del resto. Tu abuelo, una noche, te riñe por comer exactamente la misma cantidad que tu prima.
En clase, escuchas a tus compañeras reírse de alguien que es como tú. No quieres caerles mal, así que optas por quedarte callada.
En tu habitación, el espejo te muestra una imagen que verás distorsionada a lo largo de tu adolescencia. Durante años, evitas llevar pantalones cortos que dañen la cara interna de tus muslos y camisetas y trajes de baño que muestren tu ombligo.
Ir de compras significa, casi siempre, terminar llorando en el probador. Decides dejar de entrar en ciertas tiendas, pero admiras sus colecciones desde fuera.
Cuando el chico al que conoces en Bachillerato te dice que le gustas, algo no te cuadra. Te preguntas cuál será su tara para que a él no le importe la tuya.
En el autobús, tienes que atravesar el pasillo de lado. Es demasiado estrecho para ti y para tu mochila o, mejor dicho, tu mochila y tú sois demasiado anchas para el pasillo.
En la universidad, empiezas a salir con alguien. A los meses, un amigo que pronto deja de serlo se pregunta por qué tu novia sí está delgada.
En el avión, para no tener que pedirle un extensor a la tripulante de cabina, te planteas por un instante ir sin cinturón durante todo el vuelo.
Ir al médico te angustia: temes que te atienda alguien que sólo vaya a recalcar una obviedad.
Tus amigas hablan constantemente de sus cuerpos: se quejan de sus papadas, de sus tetas caídas, de la grasa que cuelga de sus brazos, de lo anchas que ven sus espaldas, de que sus muslos se toquen, de sus vientres hinchados. Tú, que pesas y mides casi el doble que ellas, no sabes qué responder.
Tu mejor amiga ha vuelto a hacer dieta: te explica qué y cuánto come, y sobre todo, qué no. Le aconsejas que no se obsesione, pero ella está contenta: en apenas dos semanas ha perdido varios kilos. Más tarde, le preguntas a Google cuántas kilocalorías tiene una tortilla de dos huevos o el plato de carne con tomate que prepara tu madre para almorzar.
Dices que estás gorda, no que lo eres. Como si el verbo estar incluyese una especie de esperanza en el cambio, como si el verbo ser implicase un matiz permanente. Dices que estás gorda, no que lo eres, porque piensas que algún día dejarás de estarlo.
No recuerdas cuándo empezaste a intentar disimular tu disidencia. No sabes qué porcentaje de tu personalidad es consecuencia de la misma.
Con el tiempo, aprendes a conformarte: no odias tu cuerpo, tampoco lo amas. Hasta que descubres que la neutralidad no es el final del camino, y te atreves a cosas que dejaste de hacer o nunca hiciste.
Tu actitud fluctúa: hay rachas en las que todo va bien, o mejor; y otras en las que el pasado te visita. Continúas manteniendo a raya los trastornos alimenticios con nombres y apellidos, pero la culpa se esconde para siempre detrás de tu oreja.