autorretrato

Nací en el dos mil en punto,
la noche de un lluvioso sábado,
víspera del Domingo de Ramos.
(Paradójicamente, soy atea:
Dios me castigó
no dándome fe.)

Nací con pelo
marrón-oscuro-casi-negro
y no sé en qué momento
me salieron estas pecas.

Soy de un pueblo marismeño,
de nombre largo y compuesto
que no lleva zeta, pero
tiene muchas en su acento.

Tengo
dos padres
que se siguen queriendo,
un hermano pequeño
que ya no lo es,
un primo que podría
ser mi hijo,
dos abuelos viudos
y una tía que se fue
demasiado pronto.

De las amistades del colegio
ya sólo me queda una;
pero no sé qué hago,
que sitio al que voy,
sitio donde hago otras.

Con dieciocho casi pierdo un tobillo,
con veinte casi pierdo un pulgar
y con veintidós casi pierdo la cabeza.
Ahora, con veinticinco, no he vuelto a casi perder nada.

Un tanto empalagosa,
evito lo amargo:
en el café,
en la cerveza,
en el chocolate
y en las personas.

Enamorada del amor
y romántica empedernida,
lo que más me gusta del sexo
son los besos.

Irremediablemente nostálgica:
escribo cartas a mano,
me niego a dejar de tildar guión
y echo la vista atrás muy a menudo.

Fiel,
entre otras cosas,
a mis relaciones,
a mis principios,
y al tono de llamada que me puse allá por el dos mil trece.


Me enfadan
los espacios desordenados
y las personas que llegan tarde.

Cabezota,
mandona,
insistente,
perfeccionista…
Mi peor defecto,
según mis amigas,
es ser su Pepito Grillo
(y a mí, eso
me parece un cumplido).

Ya lo dijo Lorca:
escribo porque, si no,
me pudro por dentro.
Me cuesta ser escueta:
siempre me sobran versos
que reservo para otros poemas.

La vida me ha hecho
tenerle miedo a la muerte:
me niego a pensar
que todo esto es
un mero lugar de paso.

Siempre quiero ser
la primera en llegar
y la última en irse.
Dejad que sea yo
la que apague la luz
y cierre la puerta.

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