Pasan los años
y mi vida se ha teñido de un color que aún no existe.
Me busco en el pasado y no me encuentro.
No me veo en mis diarios, ni en mis fotos antiguas,
ni en conversaciones guardadas, ni en borrosos recuerdos.
Toco mis cicatrices y no parecen mías.
Me sorprenden mis manos, manchadas de tinta,
y sigo sin reconocerme en aquella poesía.
Pasan los años
y marzo sigue siendo el mes más frío.
El azul lo encerré en una caja,
guardé las margaritas y las cartas en un sobre,
rompí una foto, la playlist sobrevivió,
tengo libros que no leo, aquel vinilo se rayó…
y aún quedan paisajes que gritan su nombre.
Pasan los años
y ya no camino de rodillas,
ni mis manos intentan atrapar el viento,
ni me hospedo en castillos de cartón,
ni ruego tener algo que, en realidad, nunca fue mío.
Pasan los años
y pienso que me dan miedo muchas cosas:
que mis ojos se apaguen,
que se cierre mi estómago,
que me muerdan la lengua,
no saber dónde estaré mañana,
no recordar dónde estuve ayer,
rendirme antes de tiempo,
rendirme demasiado tarde,
dejar de reír con quienes más río,
dejar de llorar con quienes más lloro,
las llamadas sin avisar, los mensajes sin terminar,
sentirme sola en una habitación llena de gente,
las sillas vacías en diciembre,
la muerte, incansable, que la veo en todas partes,
la distancia, miserable, que no me deja cuidarte,
no ser feliz, llorar en silencio,
ver sufrir a mi padre
y que echar de menos a mi madre
ya no tenga remedio.
Pasan los años
y me siguen dando miedo muchas cosas,
pero me miro en tus ojos, niña,
que sólo yo los veo verdes,
y sé qué amar ya no está en la lista.