Ayer, aprovechando la pequeña libertad que nos otorgan a veces los días festivos, decidí tener una sesión de self-care: me metí en el baño a sabiendas de que lo monopolizaría durante bastante rato, encendí las velas aromáticas que guardo en esa cajita tan especial que me regalaron mis amigues en primero de carrera por mi cumpleaños, puse una playlist de Spotify que se ajustaba muchísimo al mood que quería adoptar, me exfolié, me hidraté, me lavé el pelo dos veces, me vestí sin prisas… e incluso cambié las sábanas de mi cama y el edredón fino terminó siendo sustituido por uno más grueso acorde con el latente frío que estoy sintiendo estos últimos días tanto dentro como fuera de casa.
Llevaba tiempo queriendo escribir sobre esto. Usando de pretexto que ayer volví a cederle un espacio a la reflexión, me dispongo a desarrollar ahora todas esas ideas:
En primer lugar, tenemos un problema tochísimo con definir qué son (y, sobre todo, qué no son) los autocuidados. Leo de forma casi diaria tweets de la que el curso pasado fue profesora mía y os quiero enseñar el último al que le di like: «lo que digo: ¡hoy es día de autocuidados! / lo que significa: dormir 8h, limpiar la casa, hacer la compra y cocinar, lo que viene siendo prepararse para seguir trabajando». ¿En qué momento nos vemos obligades a usar los días libres para ponernos al día con las tareas domésticas y equívocamente disfrazarlos de días de descanso? ¿En qué momento tenemos que dedicarle días enteros a simplemente intentar sobrevivir al frenético ritmo al que estamos esclavizades en estos Tiempos (Pos)Modernos? ¿Desde cuándo autocuidarnos es, por ejemplo, poder enredarnos en la ducha unos minutos más que de costumbre? ¿Asumimos entonces que entendemos el self-care como, únicamente, ¡vivir sin prisas!? ¿Son entonces los autocuidados únicamente un oasis en medio de este estresante desierto?
No quiero ser yo la que peque de escasa originalidad, pero me apoyo en el meme que dice que siempre llegamos a la misma conclusión en todas las conversaciones que mantenemos: la culpa es del capitalismo. Nos merecemos descansos reales (nota mental: por muy divertido que te parezca, ¡organizar tu Google Calendar no es descansar!). Nos merecemos dedicarles tiempo a nuestros hobbies. Nos merecemos (y debemos, en mi opinión, por nuestro bien) desvincularnos de la sobreestimulación y darle más cabida a la pausa, al silencio, a la estaticidad, al sosiego, a la reflexión… y cierto modelo socioeconómico en el que estamos sumergides no nos lo pone nada fácil. Por consiguiente, vuelvo a recurrir a mi exprofesora, esta vez con el tweet que tiene fijado en su perfil: «los cuidados son revolucionarios».
Por otra parte, creo que la cultura del self-care expuesta en redes sociales está bastante orientada a la estética y, por consiguiente, provoca que se reduzca muchísimo todo lo que este concepto realmente implica. Está muy bien decir que has tenido una tarde de self-care y que eso signifique que te hayas puesto una mascarilla de aguacate y rodajas de pepino en los ojos y que te hayas sentado en el sofá a ver tu comfort movie mientras te comes un helado de té matcha, pero a lo que yo quiero llegar es que el self-care no es, ni por asomo, solamente eso.
El self-care también es madrugar un día que no tendrías por qué hacerlo para ir a hacer deporte porque sabes que te va a sentar bien; acostarte temprano porque toca madrugar al día siguiente aunque lo que realmente te apetezca sea seguir leyendo, hablando con tus amigas o viendo TikTok; comer de la forma más sana posible, pero también aprender a no sentirte culpable cuando te desvías un poco de ese camino tan estrecho al que nos empujan constantemente; pedir cita, aunque te dé miedo, para que te empasten una muela, te hagan una citología, te saquen sangre o ir a terapia; faltar a clase cuando lo veas necesario, a la vez que no coger la costumbre de hacerlo siempre que te apetezca por cualquier nimiedad; saber quedarte en casa aunque lo que desees sea estar en cualquier sitio menos en ella porque sabes que lo necesitas…
El self-care también es hablar contigo misma y preguntarte cómo estás, admitir que a veces te equivocas (aunque de una manera un tanto performática le des RT a memes que dicen que siempre llevas la razón) y saber que no por ello eres peor persona, verbalizarle a tus círculos lo que necesitas, poner límites, priorizarte cuando toque hacerlo, permitirte el enfado y no disfrazarlo de tristeza (nota mental: escribir en profundidad sobre este fenómeno), decir que no aunque quieras decir que sí, decir que no porque quieras decir que no pero te salga decir que sí…
En definitiva, se trata de autocuidarte en todos los ámbitos vitales de la mejor manera posible, sin fustigarte por no hacerlo tan bien como te gustaría y con el propósito de hacerlo cada vez mejor, no solamente por tu bien, sino también por el de las personas con las que te relacionas; convirtiendo los autocuidados, por consiguiente, en un proceso de retroalimentación. Autocuidarse es cuidar (y me alegra poder afirmar que cada vez se me da mejor).