Salgo por la parte trasera del edificio, al encuentro de recuerdos de otra vida:
Mientras escucho a los pájaros conversar y a coches buscando aparcamiento, noto en mi piel el débil sol de enero. Cruzo la calle, cruzo las hiedras, y me sorprende el paisaje. Los bancos de piedra, vacíos. Sigo andando. El césped mojado, vacío. Sigo andando. El anfiteatro, ahora sin rastro de nuestras huellas, vacío. Ya no me quedan sitios por visitar. Todo está vacío. Me pregunto adónde se fueron. Será cosa del invierno, me digo, será cosa de la lluvia, del viento, del frío.
Salgo de la casa abandonada. Vuelvo al exterior. Cierro los ojos, y me parece oír las voces de un grupo de jóvenes: sobre una manta de playa y usando sus mochilas y sudaderas como almohada, comen lo que compraron en la máquina expendedora (a veces tienen suerte: caen tres paquetes de galletas por el precio de uno), discuten sobre las respuestas de un examen (a veces tienen suerte: aprueban sin mucho esfuerzo), cantan acompañando a un ukelele, comparten intimidades, entremezclan sus risas, enredan sus lenguas (a veces tienen suerte: un beso se convierte en una historia de amor). Sin duda, es aquí, ya he llegado. Éstas son las voces de jóvenes con suerte.
Abro los ojos. Escucho el silencio. Escucho el vacío. Decepcionada, me doy media vuelta. Volveré a buscarles en primavera.