espantando a los recuerdos

Queridísima amiga:

Supongo que te preguntarás por qué en pleno siglo XXI, teniendo la posibilidad de llamarte o incluso grabarte uno de mis larguísimos audios que ya es común entre nosotras, te estoy escribiendo una carta. Bien. El otro día fui de excursión a Glendalough y, mientras paseaba por alrededor de las lápidas y mi mente saltaba de un pensamiento a otro, llegué a la conclusión de que se debería recuperar el hábito de escribir cartas. Si bien no todas las costumbres, sólo por el mero hecho de serlo, deben reproducirse hasta el fin de los tiempos; y aun siendo consciente de que el correo postal no es la opción comunicativa más conveniente en esta época; sí que creo que tendríamos que intentar, al menos de vez en cuando, regalarnos algunas palabras más elaboradas que un simple WhatsApp. Escribirnos cartas implica que estamos dispuestas a dedicarnos un intervalo de tiempo mayor del que requiere enviar un mensaje de texto, no sólo por su extensión, sino por el cariño que volcamos en las palabras epistolares. Además, ¿no te resulta un acto tremendamente romántico? A mí sin duda me ayuda a romantizar mi vida.

Bueno, cuéntame. ¿Cómo está Sevilla? ¿Está lloviendo mucho este invierno? Aquí no está el tiempo tan malo como otros años (y con eso me refiero a que no absolutamente todos los días llueve y a que a veces puedo quitarme el chaquetón). ¿Ya han puesto el mercadillo navideño de la Alameda? Cuánto echo de menos comer churros con chocolate… Aquí llevan con las luces de colores casi desde que acabó el verano. ¡Qué agonías! Aunque, a decir verdad, la zona de Temple Bar está preciosa. En los pubs ya han empezado a sonar villancicos y los escaparates de Grafton Street ya andan incitando al consumismo más que de costumbre. Ayer, volviendo a casa del trabajo, me topé con que le habían colocado un espumillón alrededor del cuello a Molly Mallone. Desde luego, los irlandeses son los andaluces de las Islas Británicas.

Sofía, siéndote sincera, hay otra razón por la que quería escribirte por aquí. No me atrevo a hablar de esto por el teléfono, y mucho menos quiero tratar el tema a la ligera. Me obligo a escribir estas líneas a mano para ser verdaderamente consciente de ellas. A ver. Supongo que habrás visto o, mejor dicho, escuchado lo de Ricardo; y no entiendo cómo no me has contado nada. (Si no fuera porque a veces lo stalkeo, no habría tenido ni idea.) ¿Sabíais lo que estaba haciendo u os enterasteis cuando ya la publicó? Conociendo lo pesado que es y sabiendo que siempre lleva la guitarra a cuestas, me sorprende que no le haya dado por cantárosla en alguna terraza de madrugada. Entonces, dime: lo sabíais, ¿verdad? ¿No se os ocurrió decirle que era una pésima idea? ¿Tan buena os pareció como para no privar al mundo de tal obra de arte? Por favor… No me hagas reír. Es ridículo. Además, ¿qué esperaba haciendo eso? Han pasado más de tres años desde que terminamos. ¿No es eso tiempo suficiente para superar una ruptura? El otro día leí, no recuerdo dónde, que una persona necesita de duelo la mitad del tiempo que duró la relación. En ese caso, si la nuestra duró seis años, ya deberíamos haber dejado de estar mal hace varios meses. Aunque yo creo que la mitad es demasiado, ¿no? Quiero decir: imagina terminar una relación de diez años y tener que esperar otros cinco para empezar una nueva. Guau. Eso es casi peor que el luto de La casa de Bernarda Alba. Aunque, siendo exacta, el artículo decía “sanar”, no “superar”, y no necesariamente hace falta esperar a haber sanado por completo para volver a salir con alguien (por arriesgado que eso sea para ambas partes). En cualquier caso, Ricardo no debería estar mirando constantemente hacia el pasado. Qué nostálgico fue siempre, pobrecito mío. Yo creo que en el fondo no lo es tanto, tiene que tratarse de algo performático, porque si no, se le acaba el chollo de músico sad boy, ese que escribe canciones tristes y las canta con una voz tan grave como su pena y tan rota como su alma. Estoy segura de que él diría algo así.

¿Sabes dónde estoy? Me he venido a escribirte a la biblioteca del Trinity College, a esa que te gustó tanto cuando viniste a verme el curso pasado. Cuando hace buen tiempo (es decir, tres días al año), me gusta tumbarme fuera, en el césped; pero hoy hace muchísimo frío y escribir en una superficie que no sea una mesa en condiciones me estresa porque no soporto que me salga fea la caligrafía. ¿Vendrás a verme pronto? He pensado que esta vez, si quieres, podríamos vernos en otra parte de Irlanda, en el supuesto caso de que no te entusiasme venir por tercera vez a Dublín. Ya me dices. En primavera tengo vacaciones y tenía pensado ir a veros, ya que estas Navidades no las podré pasar allí, pero lo vamos viendo. ¿Se lo decimos también a Claudia y Eva? Os extraño mucho. (Al resto también, pero un poquito menos, y mi casa no es tan grande.)

Oye. Volviendo a lo anterior… Estaba pensando que quizá haya pecado de egocéntrica. ¿Y si la canción no la escribió pensando en mí? Supuse que cambió Irlanda por Inglaterra para que sonase mejor y no porque sea medio inculto en geografía (que también: ¿recuerdas cuando descubrió que Sri Lanka era un país y no un señor llamado Lanka?). Al escuchar lo de la playa, se me vino inmediatamente a la cabeza esa excursión a Chipiona, la primera en la que coincidimos todo el grupo, la primera en la que él y yo comenzamos a mirarnos de otra forma. ¿Recuerdas la noche de San Juan, cuando hicimos una hoguera enorme y nos llevamos horas alrededor cantando y bailando? Nunca olvidaré el momento en el que Ricky me enseñó a tocar el acorde de mi menor. Sus manos colocando mis dedos sobre las cuerdas y presionándolos contra el traste, su voz baja, casi susurrante, en contraposición del jaleo formado por el resto… Flotaba de repente una tensión que no parecía existir antes. El último día, paseando mientras terminabais de cerrar vuestras maletas, vino el beso; como si tuviésemos que aprovechar antes de que finalizara el viaje, como si esa química fuese a desaparecer conforme volviéramos a Sevilla. Fue muy especial, por supuesto, pero le tengo más cariño a la lección de guitarra del 23 de junio, pues aun estando todo el mundo a nuestro alrededor, parecía que estábamos completamente a solas. Fueron unos días increíbles, casi mágicos, que guardo en el recuerdo como un auténtico tesoro. Lo pasamos bien, ¿verdad? Echo mucho de menos ese tipo de planes.

La cuestión es que estaba convencida de que yo era la chica de la canción, hasta que me ahogó un mar de inseguridades. ¿Y si las mujeres a las que ha conocido durante estos años también lo han acompañado a la playa o a beber cerveza a El Viajero Sedentario o a escucharlo en los micros abiertos de La Señora Pop? ¿Y si él las ha llevado a los lugares que eran nuestros? Terrible. Yo, en la medida de lo posible, intento no llevar a dos chicos distintos a los mismos espacios. Es más, incluso evito escuchar con uno las canciones que escuchaba con otro. ¿No te parece una especie de contaminación cruzada? ¿En qué momento te parecería bien escuchar con tu novio una canción que solías poner de fondo mientras hacías el amor con tu ex? Si tienes la mala suerte de toparte con ella, por ejemplo, en una fiesta, bueno, pues sólo te queda disimular que no sientes que te acaban de pegar un buen puñetazo en el estómago. Y lo de reescribir recuerdos tampoco me parece necesario. ¡No todo puede ser bonito! A veces hay que guardar memorias tristes y no por eso vamos a ser personas rebosantes de melancolía. ¿Una canción te transporta al día que descubriste que te estaban poniendo los cuernos? Buenas noticias: existe un millón de canciones más en las que puedes refugiarte, no te hace falta resignificar esa. Pues con los sitios igual. ¿Tiene que llevar a otras a nuestros bares de siempre, a los rincones donde nos besábamos, a las callejuelas de la Alfalfa por donde íbamos de la mano, a nuestra sala favorita del cine Avenida? No, joder, que se las lleve a Bellavista, Amate o, mejor, Sevilla Este. Ay. Quizá tendríamos que ser como los marineros, que dicen tener una amante en cada puerto, en el sentido de no tener dos parejas de la misma ciudad, y así no toparte con huellas de una cuando ya estás saliendo con otra.

El fin de semana pasado volví a Howth. Creo que nunca te lo había dicho, pero es mi rincón favorito de la isla. La estación de tren, el mercadillo artesanal lleno de tiendecitas locales (que sorprendentemente siguen resistiendo a la gentrificación), el restaurante de marisco con un maniquí vestido de buzo en la puerta, el ancho paseo marítimo que desemboca en esa especie de anfiteatro de piedra, donde siempre está actuando algún músico callejero… La paz que siento cuando visito esta pequeña península sólo la he sentido en casa (la de verdad, la de allí). Fui sola, como casi siempre. Compré fish and chips para llevar y me los comí en el mirador, mientras escuchaba a un chico joven (y bastante guapo, por cierto) cantar las más conocidas de Hozier, Lana del Rey, Billie Eilish, KALEO, Ed Sheeran o Passenger, entre otros. Fue un concierto muy bonito, así que le arrojé una moneda de dos euros. Luego me arrepentí, porque me equivoqué y justo le tuve que dar la moneda bonita que guardaba de mi viaje a Italia (pensé en pedírsela con intención de cambiársela por otra, pero como era tan atractivo me daba vergüenza que se pensara que estaba zumbada; por lo que en ese momento deseé que hubiera sido feo para que me diera igual su validación). Eso sí, al cantante de aquella vez no he vuelto a verlo, y mira que he venido veces en su busca. Es como si perteneciese a otra vida o como si no quisiera que lo encontrase.

¿Tú crees que estoy loca? ¿Por venir aquí una y otra vez? ¿Por encontrar calma justo donde estalló todo? Yo tampoco lo entiendo. ¿Por qué, de todos los sitios que frecuento, mi preferido es aquel en el que Ricardo y yo tuvimos la discusión? ¿Es para seguir aferrándome a él; o quizá para obligarme a recordar por qué lo dejamos? Por desgracia, también ese día lo recuerdo con nitidez. Estaba nublado y hacía bastante viento. Era su penúltimo día de visita. Aunque durante esa semana no había ocurrido nada malo como tal, al mismo tiempo nada parecía estar bien. Supongo que no nos hacía gracia tener que volver a despedirnos, supongo que nos entristecía no saber cuándo volveríamos a vernos. Desde luego, estaba muy cansado de la distancia. Yo también. No hace falta que entremos en detalles sobre qué nos reprochamos esa tarde. (Tú ya lo sabes todo, casi mejor que yo.) En definitiva, después de la rabia vino la pena (¿acaso a veces no son lo mismo?), y entre lágrimas tomamos la decisión de separarnos. Estábamos en el mirador del final del paseo. Otro chico, no tan joven como el de hoy (o quizá la joven ahí era yo), cantó, por suerte o por desgracia, «Hallelujah», la versión de Jeff Buckley. Se sintió simultáneamente como un abrazo y como un pellizco en las entrañas. A él también le eché dinero. Después, volvimos a Dublín en silencio. Por primera vez, nos habíamos quedado sin saber qué decirnos. Esa noche dormimos abrazados; y a la mañana siguiente, se marchó.

Se me hizo tan dura la despedida… Me costó tanto soportar el duelo… Él os tenía allí, pero yo estaba prácticamente sola. Llegué a un punto en el que me daba miedo volver a Sevilla y que todos me odiaseis. Al fin y al cabo, yo era la fría, la egoísta, la mala. Fui yo quien cambió las condiciones, yéndome a estudiar y trabajar a otro país. A menudo me imagino cómo sería mi vida ahora si me hubiera quedado para siempre en nuestra ciudad. Los primeros meses de la ruptura, veía su sombra por todos lados: cualquier hombre alto, robusto, con media melena y barba me llevaba a él. Una tarde, cruzando el puente O’Connell, me crucé con uno que te juro por Dios, Sofía, que era exactamente igual. Lo vi a lo lejos y no supe si correr a saludarlo o si esconderme; pero entonces miró hacia mí, desvió su mirada como si nada y se puso a hablar en una mezcla de inglés y gaélico. También soñé muchas veces con él. Ni siquiera eran sueños románticos o sexuales, sólo sueños en los que aparecía. Ya está. Sólo eran sueños en los que él y yo coexistíamos en el mismo espacio, sin un vuelo de casi tres horas que nos separase.

Entonces, dime: la escribió por mí, ¿verdad? Dime que sí. No soportaría que fuese para otra. Durante estos años, ¿ha salido con muchas? ¿Se ha vuelto a enamorar? Seguro que os lo cuenta todo (siempre fue algo bocachanclas). ¿Habláis de mí de vez en cuando? Decidme que no me habéis olvidado. Dime que no me ha olvidado. Yo me acuerdo mucho de ustedes, y también de él (pero no se lo digas). ¿Qué querrá decir con: “un día iré a verte”? No sería capaz de venir… ¿O sí? Seguro que sólo puso eso porque quedaba bien como cierre. ¿Crees que debería escribirle? Hace mucho que no hablamos. Quizá, ahora, hayamos vuelto a tener cosas que contarnos.

Ha empezado a llover. Justo cuando la biblioteca está a punto de cerrar. ¿Ves esta mala suerte? A lo mejor es el universo castigándome por sentir lo que no debería. “¿Desde cuándo crees tú en nada?”, estarás pensando. Pues mira, te tengo que confesar que ando tan perdida últimamente que pensé que sería buena idea hacerme creyente de algo. Y como creer en Dios ya está pasado de moda, me decanté por el universo, el destino, no sé, cosas así más modernas, propias de nuestra generación. Yo tenía entendido que lo de creer o no creer no lo decidías tú, sino que te tenía que salir solo, pero qué va, si te empeñas, lo consigues. De primeras tienes que engañarte un poco a ti misma (fake it ‘til you make it), ¿pero acaso no todo el mundo se engaña de vez en cuando? Al fin y al cabo, es más fácil pasarle la responsabilidad a una fuerza superior a ti y darte cuenta de que, en realidad, eres bastante impotente e insignificante. No sé. ¿Tú en qué crees?

De cualquier modo, voy a tomarme este cambio climatológico como una señal para ir finalizando esta carta. No tardará en anochecer y quiero llegar temprano a casa. Hoy vendrá Conor a pasar la noche: cenaremos sushi y veremos cualquier película nueva que nos atraiga (tardaremos en escogerla y será en vano, pues, como de costumbre, me quedaré dormida antes de llegar al primer giro de guión). Tengo ganas de que lo conozcas. Es muy gracioso e inteligente y te prometo que es más guapo de lo que parece a juzgar por su perfil en Instagram. ¿Ya te comenté que toca el bajo? (Tengo un tipo, lo sé.) A ver si cuadramos el reencuentro. Si no, estoy pensando en llevarlo conmigo la próxima vez que baje de visita. Estoy segura de que os gustaréis.

Por cierto, Sofía: no me hagas caso. Cogería con pinzas la mitad de lo que te he contado en estas hojas. Sólo necesitaba desahogarme. Escuchar su canción, sin duda, me ha removido; y ya sabes que tiendo a romantizar el pasado. Es bonita, en realidad. Me gustó mucho. No debería haberme reído de ella ni de él. Es, realmente, muy bonita.

Escríbeme, ¿vale?

Te quiere siempre,

Nora

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